Basada en la novela homónima del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald, El Gran Gatsby es la última película del realizador australiano Baz Luhrmann.

El filme se centra en la figura de Jay Gatsby, un excéntrico multimillonario cuya vida es un misterio para todos, y lo único que se conoce de él son conjeturas o rumores.

El Gran Gatsby: Film sobre la Vida de un Excentrico Millonario

Pese a su fortuna, Gatsby es visto por los miembros más conservadores de la alta sociedad como un arribista, un nuevo rico incapaz de adaptarse a sus ‘buenas costumbres’. Pero nada de eso amilana el ánimo de Jay. Lo único que le importa es reconquistar el corazón de Daisy Buchanan, un amor del pasado al que las circunstancias le fueron adversas y no prosperó.

Ambientada en la década de los ’20, años de opulencia económica en Estados Unidos y desenfreno, donde la moral se regía a voluntad de los más adinerados y poderosos.

El Gran Gatsby: Film sobre la Vida de un Excentrico Millonario

El reparto lo encabeza Leonardo DiCaprio como Jay Gatsby, quien como en anteriores oportunidades (teniéndonos casi acostumbrados a ello) caracteriza a un personaje torturado y trágico, algo que sabe hacer muy bien. Lo acompañan Tobey Maguire (Nick Carraway), Carey Mulligan (Daisy Buchanan), Joel Edgerton (Tom Buchanan), e Isla Fisher (Myrtle Wilson); un elenco que, a pesar de las deficiencias del guión -flojo y en exceso dilatado- ofrece interpretaciones correctas.

A diferencia de sus anteriores producciones, El Gran Gatsby de Baz Luhrmann no logra convencer del todo, y nos deja la sensación de haber visto una película que pudo ser mejor. Lo tenía todo para conseguirlo: un buen reparto y un gran director. Sin embargo, el “vanguardismo” de Luhrmann, como solía catalogarse su estilo cinematográfico, parece devenir, esta vez, en un “barroquismo” que por momentos resulta insoportable. Sobrecargada y estridente, en la película no quepa un plano más, un color más, un sonido más. Constituye un exceso visual y sonoro, bastante pretencioso, que roza lo kitsch. Nada parecida a la que es hasta ahora su obra más lograda: Moulin Rouge (2001), donde también los ritmos atemporales conforman un elemento importante de la cinta; atrevida sin ser exagerada, resultando elegante y cautivadora.

Aún con sus deficiencias, la audacia de Luhrmann, ávida de innovación, debe resaltarse y agradecerse, porque intenta romper con los moldes clásicos de realización. El problema es que, esta vez, se le pasó un poco la mano.